Los niños no son trofeos y merecen encontrar felicidad en el deporte

Cultivar consciencia se torna una tarea compleja en los ambientes deportivos, la necesidad de ganar y el deseo de superar al otro evitan que las emociones positivas se originen en poblaciones específicas, especialmente entre los niños y niñas.

Los primeros en comprender que los niños y niñas necesitan de ambientes sanos en cuanto a la práctica de la actividad física se refiere, deben ser los familiares. Desde este punto cualquier situación se puede combatir, incluso cuando en un organismo deportivo no existen procesos estrechamente relacionados con la búsqueda de la satisfacción individual.

Vulnerabilidad

En cualquier deporte los más vulnerables son los niños, porque en su exploración del mundo evitan denunciar maltratos, relación que terminan siendo adversas para su crecimiento y desarrollo.

Apuntar a un niño o niña con el dedo por perder un partido, además de señalarlo se puede convertir en una estigma. Lo más recomendado es posterior a una competencia, entrar en un diálogo reflexivo que le permita comprender que está para sentirse bien y no para complacer a un colectivo.

Los entrenadores lo deben tener claro, pues en determinados casos son los más interesados en el éxito de los procesos; el triunfo, la victoria y la buena reputación que entregan los resultados positivos, son elementos de doble filo.

Lenguaje

Castigar desde la palabra termina siendo lesivo hasta para el rendimiento de los deportistas. Un concepto mal utilizado lastima emocionalmente y puede ser determinante, más que un partido perdido, una carrera esquiva o un mal lanzamiento.

Los entrenadores complementan la formación que las instituciones educativas y el núcleo familiar entrega. Es por eso que la comunicación asertiva se transforma una estrategia influyente en los procesos con los menores de edad.

En cualquier caso, la retroalimentación después de una competencia se acompaña con una reflexión que invite a los jóvenes a pensar el resultado como producto del esfuerzo, no como la consecuencia de ser mejor que alguien.

¡Eres el mejor! – gritó un padre durante un partido, ¡sí, eres el mejor!

Error al querer introducir en los niños ideas de complacencia, para hacerlos sentir bien, buscando motivación y respuestas que terminan siendo desacertada.

Los procesos determinan resultados y los resultados con la consecuencia de la armonía de cada pieza. Un niño feliz será más propenso a responder sin estímulos y disfrutará más la práctica por la que se ha decidido.

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