Hinchas del Pereira sudaron la camiseta en plantón frente a la Alcaldía

Foto / Carlos Marín

En la tarde del miércoles 29 de agosto, por lo menos 150 aficionados del Deportivo Pereira, llegaron hasta la la Alcaldía del municipio, para sentar su voz de protesta ante la realidad judicial y deportiva del representativo de fútbol profesional de la ciudad. El evento se hizo de manera pacífica, donde el llamado principal fue para el Alcalde Juan Pablo Galló: ‘No deje solo al Pereira’. 

Ponerse la camiseta 

El primer dilema antes de partir a la reunión que varios hinchas del Pereira llamaron ‘plantón’, fue decidir la conveniencia de ir con la camiseta puesta, un gesto que en estos tiempos parece duro, pues el equipo ha desvanecido el sentido de identificación que se tiene con él. Campaña tras campaña la afición de los colores amarillo y rojo, se ha marchitado a la par con los goles que no se celebran en el Monumental Hernán Ramírez Villegas, y en otras plazas del país donde la historia ha desfavorecido a la crónica deportiva.

Los transeúntes me hicieron sentir lejano, como si estuviera vistiendo la camiseta del equipo de esta ciudad, en otra tierra, como si Pereira quedara lejos, tal vez más lejos del ascenso, o del título que se añoró con amor en otros tiempos. Salir con la camiseta del Deportivo Pereira no es igual, la gente ya no convive con esa emoción.

Caminé desde el Parque Lago Uribe Uribe hasta la Plaza de Bolívar, esperando ver otra persona con la misma camiseta. ¡Qué difícil!, no sucedió, durante los seis minutos de recorrido, no encontré alma igual que llevara la misma intención de asistir al plantón. Mientras caminaba recordaba otras épocas, donde la octava lucía destellos de fútbol, con ciudadanos de piel roja y amarilla, dispuestos a llegar al oriente o al occidente, a cualquiera de las plazas habilitadas para deleitarse con los partidos de la Furia Metecaña.

Foto / Carlos Marín

Pensé en lo complejo que resulta ponerse la camiseta, pero la voz de un vendedor informal me ofreció respaldo preguntando – ¿Cuándo juega?, esa voz se amenizó con el caminar para hacerme sentir menos solo en el agitado centro de la capital risaraldense. Respondí con seguridad, como si fuera un hincha- empató contra Bogotá anoche.

Al llegar a la Plaza de Bolívar, sitio de reunión previa, me encontré con unos 30 hinchas a los lejos. Desde la esquina de la calle 21 con octava, a la calle 19 entre octava y séptima, hay unos 70 metros, más metros que hinchas pude divisar. ¡Qué desconsuelo! diminuta la confluencia de aficionados para 74 años de historia. El producto de las malas administraciones, fue la idea que recorrió mi mente. Un equipo explotado a merced del dinero, que terminó golpeando a su activo más importante, el hincha.

El hincha

Al llegar a la calle 19, justo al frente del edificio de la Lotería de Risaralda, me embargó un sentimiento de tristeza, no podía creer a lo que se redujo la afición matecaña; sin embargo pude observar uno a uno a los que allí estaban, y recordé que las hinchadas son eso: la representación diminuta de la ciudadanía. La esencia del barrismo donde el estudiante, el comerciante, el médico, el abogado, el obrero, el desempleado y el carnicero hacen parte de un colectivo que disfrutan de algo en común, alentar a un equipo. Y eso todavía no se ha perdido pese a los golpes que ha sufrido la divisa.

Se reunieron los de siempre, los que no paran de alentar y encuentran en una barra llamada Lobo Sur el motivo de su vivir. Los que quedaron de aquella comprometedora frase que apunta, ‘hasta la muerte te voy a alentar’; parece que la decepción llevó al incumplimiento a otros que se desprendieron en el camino, se cansaron de pedir respeto temporada tras temporada. De aquellos 2500, solo quedan menos de 500.

Foto / Carlos Marín

«El fanático es un hincha en el manicomio», escribió Eduardo Galeano. Es Corpereira un manicomio, donde la asistencia no se pone de acuerdo para silbar; donde se aplaude por una victoria mediocre, y se niega la razón en una derrota confusa. El fútbol no conoce de lógicas, y la torpeza del corazón asciende cuando se está en el calor de la popular.

Ese hincha estaba en la Plaza de Bolívar, dispuesto una vez más a demostrar su locura, ante el ciudadano cuerdo, ante el indiferente, ante el prejuicioso que lo relaciona con violencia, con armas, droga y todo el residuo que produce una sociedad desigual. Allá estaba el «barra brava», listo para una vez más pedir el ascenso, mendigar al Alcalde el apoyo que ha disimulado ofrecer, porque simplemente se pone la camiseta, una camiseta sin sudar.

Plantón 

Una vez expuestos los ‘trapos’ de indignación y de solicitudes, los aficionados caminaron hasta la Alcaldía, ya no eran 30, aumentaron a cerca de 70. En el grupo se dio cupo a niños, adolescentes, adultos mayores, y mujeres. Gran variedad de perfiles para argumentar que no era solo Lobo Sur quien estaba haciendo la petición, sino un muestreo de la ciudad, una Pereira pequeña confluida en 10 metros cuadrados, la ciudad entre la ciudad.

Foto / Carlos Marín

Frente a la Alcaldía reposaron frases como ‘Subasta o Ascenso‘, y cánticos que apuntaron a la administración actual ‘Que se vayan todos, que no quede ni uno solo‘, y oraciones perniciosas en la relación política – fútbol, como ‘Alcalde el equipo es de la ciudad‘.

Foto / Carlos Marín

Un plantón donde se evidenció que los pocos aficionados que apoyan al Pereira, no parecen entender el presente de la institución, lo que reafirma la cruda realidad que vive desde hace siete años, cuando cayó a la B, y perdió no solo la categoría, sino parte del amor que los habitantes de esta porción de tierra sienten por el onceno.

Foto / Carlos Marín

A todas luces, desde la carrera séptima entre calles 18 y 19, un plantón también demostró que sigue viva la ilusión por ver al Deportivo Pereira en la máxima categoría del fútbol colombiano, de donde nunca debió salir. Tal vez los pocos hinchas que quedan, rueguen a las escuadras tradicionales, que no desciendan, porque cuando se desciende, se pierde mucho más de lo que imaginan todos.

Mientras el plantón se hacía realidad, solo pude ver el rostro de los jóvenes que caracterizados como fervientes hinchas, lanzaron sus palabras a lo más alto del edificio desde donde gobierna el Alcalde, por momentos me pareció no ver una protesta, sino una plegaria al cielo. ¡Qué dolor! ¡Qué dolor vestir la camiseta así!

Foto / Carlos Marín

Sin definirme como hincha, solo por la mera curiosidad de apoyar al equipo de mi ciudad, entendí que no es fácil estar ahí, rogando, mendigándole a nadie, porque ninguno dio la cara. Finalmente 150 hinchas del Pereira enviaron sus palabras al viento, sin recibir respuesta, respeto alguno por su pasión.

Foto / Carlos Marín

Sobre el final, algo me quedó claro: el periodismo no deja solo al hincha, que es este humilde ejercicio, el que puede relevar su valor en cada periodo de la historia. El hincha matecaña sigue vigente, tanto como las anécdotas de los abuelos, que sonrieron alguna vez con el equipo.

«Unidos somos más. Más deporte, más región»

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