Santa Rosa de Cabal y la gallina de los pollitos de oro

Santa Rosa de Cabal y la gallina de los pollitos de oro

Foto/La Cebra que Habla

Por : Gustavo Colorado Grisales

La montaña mágica

Carolina dice que su bisabuelo lo soñó, lo leyó o se lo contaron.

Pero hasta el día de su muerte el viejo Nicanor insistió en que, durante una travesía entre Santa Rosa de Cabal y Marsella, se tropezó con una gallina seguida de una camada de pollitos de oro.

No se sabe muy bien cuando surgió esa historia entre los vecinos de El Alto del Chuzo.  El cuento es que muchos caminantes de distintas generaciones dan fe de las palabras de Nicanor.

Incluso jóvenes ambientalistas que se aventuran por esos parajes aseguran haberse cruzado con la gallina en cuestión y su bandada de polluelos dorados.

Al final importa poco si es verdad o leyenda: con ese tipo de relatos se ha tejido la historia de todos los pueblos de la tierra.

En el antiguo camino entre Santa Rosa y Marsella esas leyendas se daban silvestres. Tañidos de campanas, súbitas llamas que surgían de la montaña y hasta portales hacia otras dimensiones.

Eso cuentan.

La ruta de los colonizadores es fértil en ese tipo de situaciones.

Y quienes poblaron a Santa Rosa no fueron la excepción. Por eso sus descendientes erigieron una cruz allá por 1940, con el fin de conjurar las fuerzas que extraviaban hasta al más experimentado de los aventureros. A 1950 metros de altura entre bosques de niebla puede suceder cualquier cosa.

Como darse de narices con La casa de los enanos, por ejemplo.

Pero Carolina repite que ha recorrido estos caminos decenas de veces y que lo único sobrenatural es la belleza misma del paisaje.

Foto/La Cebra que Habla

La dura tierra

Menos mágicos y más duros se les antojaron los caminos a Fermín López y su grupo de colonizadores.

Corría la década de 1830, cuando Colombia era una suma de pugnas por apropiarse de grandes extensiones de tierra, en su mayor parte baldías. Fermín y sus acompañantes venían del oriente de Antioquia, siguiendo una avanzada que los llevó a pasar por Rionegro y Sonsón hasta alcanzar la cresta de una montaña donde ayudaron a fundar pueblos como Aranzazu.

Antes de ellos ya había gente poderosa afincada en la zona. La familia Aranzazu y la Sociedad López Salazar y Ciano estaban muy dispuestas a permitir que los recién llegados ocuparan unos territorios de los que ellos se  sentían dueños, aprovechando la débil y confusa normatividad de tierras existente en ese momento.

No quedaba otra alternativa que emprender la ruta hacia el Estado del Cauca, donde las guerras civiles habían dejado un montón de predios disponibles

Fue así como abandonaron San Cancio y tomaron rumbo hacia Cartago. Junto a media docena de familias acabaron asentándose en proximidades del cerro Monserrate y el río San Eugenio. El estar en la ruta entre Antioquia y el Cauca facilitaría el rápido desarrollo unos años más tarde.

De momento, aprovecharon el agua y la fertilidad de la tierra, hasta que el 28 de agosto de 1844 el presidente de la República expide la ordenanza mediante la cual el poblado de Santa Rosa entra a pertenecer al Estado Soberano del Cauca.

Con doce mil fanegadas de tierra empezó a labrarse el destino de este vecindario que, gracias al turismo, el café y la ganadería, aparece hoy como la tercera localidad en importancia en el departamento de Risaralda.

Foto/La Cebra que Habla

Puente sobre aguas turbulentas.

No ha sido fácil llegar hasta aquí.

En el principio fueron dos las rutas colonizadoras que partieron desde el Estado de Antioquia. Una la conformaron familias oriundas del suroeste, donde los hombres trabajaban como jornaleros en fincas de Fredonia, Venecia, Jardín, Andes, Jericó y Caramanta. Desde allí partieron con sus mujeres y sus niños, buscando las riquezas del Chocó, amplificadas por la leyenda. En su recorrido plantaron la simiente de poblaciones que después se llamaron Belén de Umbría, Apía, Mistrató, Balboa, La  Celia, Santuario y Pueblo Rico.

Fueron las familias del mestizaje. Las que al cruzarse con los pueblos indígenas y negros de la frontera con el Chocó dieron lugar a nuevas formas de ver el mundo, expresadas en las músicas, en la gastronomía, en el tono de la piel, en la religiosidad y en las formas de labrar la tierra.

La otra ruta venía del oriente, donde poblados como Marinilla y Rionegro recibían todo el tiempo noticias sobre la cantidad de tierras disponibles.  Esas familias, integradas por blancos de ojos claros ostentaban su condición como una suerte de privilegio.

A su paso fundaron a Aguadas, Pácora, Aranzazu, Salamina y Manizales.

De esta última hasta donde hoy se ubica Santa Rosa se contaban muchos tabacos de camino.

Y de esos tiempos data la idea de que las raíces de Santa Rosa son más profundas en Caldas que en Risaralda.

De ahí que durante los meses previos a la creación de este último departamento se dieran fuertes resistencias por parte de quienes querían seguir perteneciendo a Caldas.

Tan fuertes que hasta último momento los gestores de la secesión tuvieron que atravesar un puente sobre aguas turbulentas.

“Eso es tan cierto que hoy en Santa Rosa de Cabal se cuentan más hinchas del Once Caldas que del Deportivo Pereira”,sentencia Miguel, sentado en una de las bancas del Parque de las Araucariasa la espera de un grupo de franceses que se dirigen a los termales.

Y todos sabemos lo que el fútbol representa para los pueblos de la tierra.

Foto/La Cebra que Habla

En las aguas ardientes.

Alizee y Noel nacieron en Carcasona y Marsella. Treinta y tantos años ella, cuarenta él, se conocieron durante sus días de estudiantes en el campus de La Sorbona.

Igual que tantos europeos, llegaron a estas tierras seducidos por los cantos de sirena del buen salvaje: buenos sentimientos, agua pura, bellos paisajes, vientos frescos y paz interior.

En parte, Colombia no los ha defraudado.

O por lo menos es lo que concluye Alizee, ahora que se alista para sumergirse en las aguas termales.

“Una vecina colombiana en París nos habló todo el tiempo de dos lugares: Salento y Santa Rosa de Cabal. Al primero casi no pudimos entrar, por las caravanas de carros y por la cantidad de personas que pretendían hacer lo mismo. Después fue muy bonito todo, incluida la cabalgata.

“En Santa Rosa ya hemos visitado los alrededores. Nos gustaron mucho las leyendas del Alto del Chuzo, pues se parecen bastante a los relatos de los campesinos de Suiza o de Gales. También estuvimos en una charla con los historiadores, donde aprendimos muchas cosas sobre la forma como se organizaron estos territorios. Las luchas por la tierra, las disputas políticas y las transformaciones en las formas de vida, provocadas sobre todo por el turismo en masa.  Y cómo no hablar de lo que aprendimos acerca de Simón Bolívar, cuyas ideas estuvieron bastante influenciadas por la Revolución Francesa. Con ese recorrido, lo único que nos falta es sumergirnos de pies a cabeza en las aguas termales, para completar el bautismo a la colombiana”.

Aunque si le preguntamos a Noel, el hombre dice que lo mejor han sido los recorridos en bicicleta por algunas fincas cafeteras. Asegura que era un niño cuando Lucho Herrera se cubrió de aplausos en lo alto de Los Alpes, pero que escuchando a su padre aprendió a amar a esos guerreros de las montañas, cuyos descendientes les disputan hoy los títulos a los europeos  en cualquier terreno.

Foto/Archivo

Desde Santa Rosa a pedalazo limpio.

Pocos de quienes lo ven hoy ocupándose de los huesos y los músculos de los integrantes de la selección colombiana de ciclismo, reconocen en él a ese corredor que en los años ochenta y noventa del siglo anterior- los de Parra, Flórez, Herrera, Rodríguez y compañía- ocupara un cuarto lugar en los mundiales de ciclismo de 1991 y el mismo lugar en la Vuelta a Francia de 1993.

Se trata del médico Álvaro Mejía Castrillón. En el campo del deporte es uno de los hijos más queridos de Santa Rosa de Cabal, al lado de Juan Carlos Osorio, hoy entrenador de fútbol de la selección mexicana.

Bueno, también habría que sumar al futbolista Dorian Zuluaga, un diez de la vieja guardia, talentoso y hábil, en quien algunos aficionados creyeron ver a un segundo Pibe Valderrama.

Sus compañeros de generación lo recuerdan subiendo como si nada la cuesta del Alto de Boquerón, que a pesar de su brevedad dejó con las piernas maltrechas a más de un grande del ciclismo mundial.

Mejía partió de Santa Rosa como quien dice a pedalazo limpio. En 1988 compitió en la Vuelta de la Juventud y en el clásico RCN. Aparte del Giro de Italia y la Vuelta a España. En las vueltas de Galicia, Murcia y Cataluña lo vieron pasar con el ritmo firme y sin exasperaciones que siempre lo caracterizó.

“Pudo haber sido tan grande como sus contemporáneos, pero se retiró muy temprano. Fueron apenas ocho años de carrera. En un momento determinado tomó la decisión de guardar la bicicleta para los fines de semana y dedicarse a estudiar medicina.  Algunos dicen que estaba fastidiado por los manejos sucios que se veían en el mundo del deporte. Pero a lo mejor sintió que había llegado al límite de sus fuerzas y optó por consagrarse al estudio. Lo único cierto es que es lo más grande que ha tenido Santa Rosa en el campo deportivo. Viéndole la fuerza de las piernas era inevitable pensar en esos murales del maestro Leonel Ortiz”.

Lo dice Amanda Bermúdez, ingeniera mecánica, cincuenta años y treinta de ellos dedicados a pedalear por las carreteras   rurales del municipio entre cinco y siete de la mañana. Más de una vez se cruzó con Álvaro Mejía cuando entrenaba en el vecindario. Recuerda que fue viéndolo como se entusiasmó más con las bicicletas, hasta el punto de que no hay compromiso alguno que la haga renunciar a su rutina de cada mañana.

Foto/La Cebra que Habla

La canción del trabajo

El mural es todo fuerza, sudor y músculos que empujan yunques y engranajes. Son hombres desnudos y semidesnudos que dejan la vida en el taller. En medio de todos, una mujer hincada de rodillas se dedica a rumiar su impotencia.

Es una de las obras del maestro Leonel Ortíz, considerado por muchos como uno de los grandes muralistas de América. Y hablamos de un continente que solo en México tiene a Rivera, a Orozco y a Siqueiros.

Heredero de esa vigorosa tradición, Leonel Ortiz forjó- esa es la palabra precisa- su obra con los elementos que le daba la vida cotidiana de su ciudad y su país. Los músculos que nacen, se elevan, se debilitan y mueren son el soporte de una parábola política que no cesa de reproducirse en el mundo: la de la explotación de unos hombres por otros. Toda esa cosmovisión se resume en un mural titulado así: La marcha del hombre,pintado en la sede de la antigua Clínica Risaralda, en Pereira.

Con los brazos de esos hombres y la inventiva de unos cuantos más que aprovecharon tanto la situación geográfica como la creatividad de los habitantes, Santa Rosa vivió desde sus orígenes un dinamismo económico que la llevó a buscar formas de organización gremial dirigidas a sortear las dificultades y potenciar las ventajas. Por eso en junio de 1957 nació la Cámara de Comercio de Santa Rosa de Cabal,agrupando a empresarios de los sectores agrícolas y comerciales alrededor de una idea que conjugaba lo mejor de la visión del mundo de los primeros colonizadores.

Esa materia se hace visible en los murales de Leonel Ortiz y en muchos sentidos influye en el trabajo artístico y cultural de organizaciones como la Corporación Basoches,liderada por Jorge Mario López, que desde las expresiones estéticas promueve otras formas de convivencia y de gestión del territorio en una ciudad que no es ajena a las convulsiones y violencias propias de un país como Colombia.

Foto/La Cebra que Habla

En busca de Ricardo III

Con fuertes raíces en Santa Rosa de Cabal, el actor y cuentero Jorge Mario López encarnó a Ricardo IIIen una muy libre puesta en escena de la obra de Shakespeare propuesta por la agrupación teatral El Paso.

Esa obra los ha llevado a lugares tan distantes como México, Bolivia y China.

Con la misma obstinación de ese rey jorobado, invocando la tenacidad de fundadores como Fermín López, Jorge Mario es la expresión visible de una manera de vivir la vida capaz de inventar gallinas con polluelos de oro si se trata  de ilustrar al mundo sobre el tamaño de las propias ilusiones.

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